Impávida

Sentada en el suelo, frente al espejo y con una copa de rosado en la mano, me sentí férrea, impávida y ácida como un limón. Sin embargo, mientras miraba mi reflejo, el de una mujer joven y cansada pese a la treintena, vacilé y me pregunté si aquella persona de tez blanca como la nieve y pelo negro como el azabache seguía siendo realmente yo. Si, aunque ya no estuvieses en mis entrañas, me habías marcado tanto que había llegado a convertirme en otra persona.

Publicado por Irene Díaz

Periodista y Máster de Escritura Creativa por la UCM.

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