El rubor indisipable

Aquella decisión curó su alma, y entonces volvió a apreciar el olor del café y la canela por las mañanas.

Pese a aquello y aunque por fin se había quitado la tirita, Luisa seguía perdida entre las páginas de sus libros, siempre distraída, con la cabeza en cualquier otra parte que no fuese allí, entre vocales y consonantes, soñando con una realidad que habría dejado de ser un infierno de haberse querido y respetado más. A veces resulta complicado abandonar los vicios adquiridos.

Disfrutaba ahora de una vida en la que no era feliz ni dejaba de serlo porque en sus días ya no sentía esa ansiedad continua que se instalaba en el centro de su pecho, porque las espinas por fin habían desaparecido de su cama y las lágrimas de su rostro.

Incluso una vez se sorprendió disipando el rubor que aparecía sobre sus pecas cada vez que pensaba en ella y en sus ojos castaños y achinados. Un rubor omnipresente que también le castigaba con la dureza de la transparencia del alma cada vez que aquella chica estaba delante.

Publicado por Irene Díaz

Periodista y Máster de Escritura Creativa por la UCM.

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