El principio del fin

Aquella madrugada, sin siquiera darte cuenta, tomaste mi corazón con tu mano derecha y lo lanzaste contra el suelo enmoquetado. Siempre fuiste diestro y muy habilidoso con las manos.

Mi pequeño y acelerado órgano se fracturó en mil pedazos y nunca más pudo volver a recomponerse; ni todo el Kintsugi del mundo lo arreglaría después. Y es que ni el más puro oro sería capaz de reparar mi metafórico y partido corazón.

Ni siquiera lloré, aquella noche no. Ya había llorado suficiente.

Publicado por Irene Díaz

Periodista y Máster de Escritura Creativa por la UCM.

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